diario del odio: la ternura escondida



A veces creo que me gusta lo incomprensible, es decir, "a veces" tiene vicios de siempre. 

Lo incomprensible no es necesariamente lo que no entiendo. Lo incomprensible es un lenguaje antiguo, que nació conmigo, en mis átomos y células. Y se viste de voces que vuelan en las mañanas, voces de pájaros que anuncian algo que aún no sé. 

Quizás, lo incomprensible tiene mucho de ternura escondida entre los pliegos que van armando el conjunto de pequeños actos de magia, como el salitre que se siente en el viento mañanero. 

El ojo, esa voluntad propia y rebelde que mira y ve lo que se le antoja. Ver y mirar no es lo mismo. Eso es obvio, pero no para muchos. Lo obvio es el paisaje que ciega. 

A veces, se me antoja inventarme cuentos extraños para salir a cazar preguntas: dónde es mi norte. dónde y en qué espacio me siento perdida.

Y comprendo que desde este cuerpo roto y quebradizo, ahí, justo detrás de la rabia y el odio, se esconde una ternura dolorosa, algo así como una espina transparente que duele. Y es que, dentro del paisaje que ciega, la ternura se presenta con las arrugas de un papel crepé. Y quieres abrazar lo desechable: hojas, gato, humano pobre y maloliente.  

A veces, no tengo otro remedio que rabiar y maldecir. Todavía soy aprendiz de lo indescifrable. Aquí hay muchas ternuras escondidas. 

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